SIEMPRE
VERDE
(Stand By Me). Estados Unidos, 1986 · 1h 29min
Dirección Rob Reiner
por Carlos Diviesti
“(…) Se quedó así por un rato y cuando se despertó y miró otra vez fuera del vagón, Winesburg había desaparecido y su vida en el pueblo se había convertido en el lienzo sobre el que pintar el sueño de ser hombre.”.Partida, Sherwood Anderson, en Winesburg, Ohio (1919)
“(…) Se quedó así por un rato y cuando se despertó y miró otra vez fuera del vagón, Winesburg había desaparecido y su vida en el pueblo se había convertido en el lienzo sobre el que pintar el sueño de ser hombre.”.Partida, Sherwood Anderson, en Winesburg, Ohio (1919)
En enero de 1988 fuimos con un amigo de campamento a Colonia Suiza, en Bariloche. En el camping conocimos a otros tantos grupos de amigos que acampaban más allá y que tenían previsto ascender al Cerro López y pasar la noche en el refugio de montaña, noche que era la víspera de la llegada de los Reyes Magos. Y en el refugio de montaña conocimos a varios más que harían la travesía a Laguna Negra hasta el Refugio Italia, y no hubo duda en que aquel grupo de catorce muchachos y muchachas que ya superábamos los veintipico debíamos hacer aquella excursión todos juntos después de contemplar la rotación de la tierra en la caída del sol y el ascenso de la luna, todo en el mismo plano, todo sobre nuestras cabezas. Lo que latía en ese momento compartido no era solamente el afán por la próxima epopeya; sin que nos diéramos cuenta entonces -y si es que hoy nos permitimos hacer mirada retrospectiva-, lo que nos impulsaba a transitar aquel camino de lajas entre un par de montañas era la necesidad de concluir nuestra infancia con una gran aventura. Una gran aventura porque había que racionar el agua, la comida, tener cuidado de dónde pisar, cuidarse del sol que en ese momento del año en la Patagonia cae a plomo, y todas esas cosas que a lo mejor después, ya con otra experiencia, no habrían de resultarnos ni aventureras ni extraordinarias. Pero eso dejémoselo a la vida adulta.
Era la película que debíamos ver con los amigos porque, aunque se ambientara en Castle Rock, una ciudad ficticia del estado de Oregon al noroeste de los Estados Unidos, durante un verano de 1959, hablaba sobre nosotros con la suficiente universalidad como para sentirnos reflejados en ella.

Decíamos que aquel viaje lo hicimos en enero de 1988, así que para entonces todos ya habíamos visto Cuenta conmigo, la película que filmara Rob Reiner sobre The Body, una novela corta de Stephen King, que se había estrenado en el cine Ambassador de Buenos Aires el 4 de diciembre de 1986. Era la película que debíamos ver con los amigos porque, aunque se ambientara en Castle Rock, una ciudad ficticia del estado de Oregon al noroeste de los Estados Unidos, durante un verano de 1959, hablaba sobre nosotros con la suficiente universalidad como para sentirnos reflejados en ella. Por más que para entonces no estuviera entrado en kilos, tenía de Vern Tessio la torpeza propia del que descubre el mundo a las atropelladas y de Teddy Duchamp la sensación permanente de sentirse raro, solo y desplazado.
Desde que escribí aquella redacción sobre la lluvia a los siete años nunca dejé de hacerlo (de escribir), así que podía reflejarme por entero en Gordie Lachance, el escritor del grupo; pero no encontraba puntos en común con Chris Chambers, el líder nato, ese por el que nadie daba un peso porque nadie daba un peso por su familia, ese que siempre tenía una palabra justa o una palabra de aliento para darte, ese que podía enfrentar a los pendencieros y no arrugar en la pelea si es que arrancaban las trompadas, ese por quien mañana se podría escribir un libro cuando al abrir el diario de hoy en la página de las noticias policiales apareciera su nombre en letras de molde, en medio de una noticia en la que se cuenta que un hombre en estado de ebriedad le clavó en el cuello el culo de una botella y lo degolló.
Un tipo como Chris Chambers, en mi experiencia personal, siempre estaba fuera de mí: era el amigo ideal, el referente a seguir, la persona que le dejaría huella a los demás. Era el héroe, claro, y nosotros nunca podremos arrogarnos ser el héroe absoluto. Pero ya entonces (con las herramientas de análisis de los veinte años) había algo en Chris Chambers que contrariaba su grandeza: esa escena en la que le confiesa a Gordie que él había robado la plata de la colecta, sí, pero que la había devuelto a la alcancía y que quien luego se la llevó fue la propia maestra, me indicó que incluso pibes como Chris Chambers también están construidos a puro dolor.

En Cuenta conmigo ese verde del estío no es uniforme, es eterno.

Porque, ¿de qué se trata Cuenta conmigo si no es de la construcción del dolor? La premisa de la aventura es ir a ver al claro del bosque, en las afueras de Castle Rock, más allá de las vías del tren, antes de volver al colegio cada uno por su lado, el cadáver de Ray Brower, el chico que lleva unos días desaparecido y que Billy, el hermano de Vern, oyó que alguien había visto por ahí. ¿Cuatro chicos de doce años van al bosque en busca de un cadáver como si fuera nada más que una aventura? ¿Cómo murió Ray Brower? ¿Cómo se percibe la muerte de cerca? ¿Cómo es el final de las cosas? Quizás sean preguntas cuyas respuestas no sean del todo satisfactorias, porque implican la propia -e intransferible- visión del mundo, pero en Cuenta conmigo tal vez no sea el relato de estas andanzas lo que le da dimensión épica e inolvidable a la película.
El guión de Raynold Gideon y Bruce A. Evans está estructurado en dos planos temporales: por un lado, el del relato del Escritor (¿el propio Gordie Lachance adulto, o Gordie Lachance es su alter ego?), fundamentalmente en off aunque con presencia en dos escenas, y el de las andanzas de los amigos por el otro, casi treinta años antes del presente, cuando la Guerra Fría estaba en su apogeo con todo su ruido y su furia. Sin embargo Rob Reiner -en el que sería su tercer largometraje para el cine- toma una decisión crucial para que el espectador no pueda evitar el formar parte del paisaje. Sin traicionar la estructura del relato, Reiner plantea un único verano como telón de fondo para las peripecias de los amigos en el recuerdo del Escritor, para que la fotografía de Thomas Del Ruth aporte una única y vívida textura a los colores del día.
Antes hablábamos de compartir con los amigos un momento único, como ese de descubrir el sol y la luna al mismo tiempo en el mismo cielo. Momentos de esa clase son los que se quedan para siempre en la memoria y que, sin embargo, nunca tienen la misma forma. Porque lo que compartimos con los amigos de la infancia -esas tardes en bicicleta por la vereda o hasta cinco cuadras más allá, con la frente y las mejillas bordadas de polvo y sudor, y a lo mejor con sendos cardenales en las rodillas por precipitarnos para que no nos muerda un perro, tardes que duraban tres meses como todo el verano, un único verano, el verano de nuestra vida entera- hoy quizás sea mínimo y tibio en el centro del pecho, pero entonces era todo el mundo ardiente alrededor, rojo como el sol y verde como el alma húmeda.
En Cuenta conmigo ese verde del estío no es uniforme, es eterno. A lo mejor ese verde que brilla y domina al blanco sucio de la camiseta de Chris, al verde militar que nunca irá a la guerra de Teddy, a las patrióticas rayas celestes, blancas y rojas en la chomba de Vern y al rojo desvaído, al azul triste y al blanco opaco en la prenda de Gordie, ese verde que se expresa en plano entero y en el ubicuo siseo del viento entre las ramas de los árboles a los setenta minutos de duración, cuando Vern descubre el cuerpo inmóvil de Ray Brower allá abajo, sea el mismo verde que campea hoy mismo en Bariloche en un pasaje angosto que ayer era un desfiladero hacia el abismo, el mismo verde lleno de savia y de vida al que solemos recurrir cuando nos circunda la monocromía, cuando por esas cosas de todos ya no tenemos a los mismos amigos con los que fuimos felices, o a nuestros hermanos, o a nuestros padres, y no podemos (ni debemos) permitirnos la tristeza para enfrentar el resto de nuestra vida.
Ver tráiler ↗- Película
- Cuenta conmigo (Stand By Me)
- Dirección
- Rob Reiner
- Año
- 1986

