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VIOLENCIA PATRIA

Rescate: La ciénaga, de Lucrecia Martel, a veinticinco años de su estreno

Fotograma de La ciénaga: la familia junto a la pileta

Tali la va a visitar a su prima Mecha a la casa con pileta al pie del cerro. Mecha tuvo un accidente de lo más estúpido: se enredó con las toallas con las copas en la mano mientras iba a buscar unos hielitos, y se clavó los vidriecitos rotos justo en el escote. Gregorio, el marido de Mecha, está demasiado abotargado como para auxiliarla. Tali vive en la ciudad en una casa chiquita con su marido y los chicos, una casa que no le corresponde porque ella pertenece a otro ámbito social, al ámbito social de la prima Mecha. Pero el ámbito social de la prima Mecha, ese en el que los cuerpos ajados no se dan cuenta de cuánto han envejecido, y que antes que una cirugía plástica reparadora tendría que corregirle el ojito a Joaquín y definir si le quedará estética la prótesis de vidrio, ni siquiera se preocupa por los chicos. Todos los chicos, desde José que ya está bastante crecido hasta la Momi, que no se puede esconder el amor que le tiene a la Isabel, esa china carnavalera que seguro está embarazada del Perro, pasando por los de casa armados con escopetas, por los collas del alrededor disimulados por el barro, y por los de Tali, quizás los más indefensos porque todavía no pertenecen a ninguna parte, pronto van a crecer y seguro que van a repetir el mismo esquema de sus mayores, el de los tragos con amigos, el de espantarse los bichos, el de repantigarse en el colchón a la hora de la siesta durante ese verano perpetuo, pegajoso e inclemente.

Retrato de Lucrecia Martel
Lucrecia Martel

¿Qué transforma La ciénaga, a veinticinco años de su estreno, en un objeto único e imperecedero de la cinematografía nacional? ¿Es ese coqueteo con el horror lo que la hace impactante? ¿Es el asomarse a las fauces del patriarcado con una decisión de firmeza inusitada? ¿Es esa crítica sin ambages a la alta burguesía provincial en decadencia? ¿O será que la falta de límites de los adultos a la anarquía de la infancia y a la ilegalidad del deseo adolescente, son la tormenta perfecta que preanuncia la descomposición social de comienzos de siglo en la Argentina?

Sí, todo eso constituye La ciénaga, una obra que se agranda con el tiempo y que resulta cada vez más nítida en su desasosiego. Pero sin embargo, en esos primeros planos maestros que se regodean en la mugre y la lujuria de un poder que se arrastra entre chirridos, Lucrecia Martel urde la trama de un país cuyas llagas aún están a la vista, en carne viva, y que se pudren al aire frente a nuestros propios ojos. Después de verla, hoy, no se puede permanecer en la indolencia.

Fin de la nota
Afiche de La ciénaga, de Lucrecia Martel
La ciénaga · Lucrecia Martel · 2001