Focal→ infinitas perspectivas

Una pausa. Una película. Otro foco posible.

El cine yLAS

VACACIONES

Una pausa, un desplazamiento, una forma de salir de lo cotidiano. Seis películas abren seis miradas sobre ese tiempo distinto.

#01

Todo el mundo necesita vacaciones, o quién en esta sala puede prescindir de ellas. A ver si alguien es capaz de afirmar que no necesita en algún momento del año de esos instantes, efímeros en el curso de la historia, en los que se siente libre, pleno, lleno de proyectos e ilusiones para la vuelta, enamorado de vivir el tiempo que le toca -que siempre en vacaciones es mejor que el tiempo que percibe tener-, en paz con la gente alrededor y ajeno a los problemas del mundo, liviano y desposeído, con el paladar dispuesto al sabor de la vida y el alma abierta a la memoria.

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Hay estudios sociológicos que analizan el fenómeno del descanso vacacional, fenómeno que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX creció de manera exponencial -hasta establecerse como un derecho humano- respecto de los siglos precedentes.
Una multitud de veraneantes en una playa
La vida cotidiana, el ocio y las formas de habitar el verano.

Quién se anima a levantar la mano y confesar que lo peor que le puede pasar es salir de vacaciones. Cortar por una semana, o dos, o tres, o un mes entero -si es que tiene mucha antigüedad en el trabajo-, con la rutina que le imponen las obligaciones (todos estamos obligados a enfrentar la rutina, hay que aceptarlo). Pero, ¿quién es capaz de afrontar la verdad, eh, esa verdad que dice que aún en vacaciones puede estar nublado y que una tormenta de proporciones bíblicas haga crecer los mares y barra con playas enteras sobrepobladas de bañistas que no le temen a los tiburones? ¿Quién se atreve a confesar que la plata que tiene en la billetera que lleva en la cartera o en el bolsillo trasero del pantalón o en la aplicación del celular le alcanza para comprar arroz y suerte que tiene el pasaje de vuelta, que si no…?

¿Siempre fue igual? ¿Siempre en verano fueron las vacaciones? Hay estudios sociológicos que analizan el fenómeno del descanso vacacional, fenómeno que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX creció de manera exponencial -hasta establecerse como un derecho humano- respecto de los siglos precedentes.

Hombre en una playa, fotografiado por Diane Arbus
Diane Arbus, Man in hat, trunks, socks and shoes, Coney Island, N.Y., 1960.
Diane Arbus / The Estate of Diane Arbus, LLC

Hoy, que las vacaciones son una necesidad y hasta una obligación, muchos nos sentimos compelidos a pasar nuestras vacaciones frente a la pantalla del cine, aunque las épocas nos hayan modificado el gusto y tengamos las pantallas al alcance de la mano -literalmente hablando-. El cine, que al principio fue solo imagen, desde siempre registró el devenir de su principal objeto de estudio, la vida de la gente; por eso las vacaciones (en la transición entre el cine mudo y el cine sonoro, exactamente en el período del entreguerras, cuando el capitalismo definió sus herramientas de consumo individual y las otras tendencias sociopolíticas y socioeconómicas trataron de enrostrarle sus injusticias en pos de un colectivismo ecuánime) le dieron al cine el anecdotario suficiente para abastecer horas enteras de esparcimiento para las masas, y transformarlo en el espejo perfecto para reflejar el deseo propio e intransferible, ese deseo que se genera indefectiblemente entre el espectador y el haz de luz que se expande sobre la pantalla de la mente.

Quizás el mayor encuentro consigo mismo alguien lo haya obtenido viendo una muy olvidada película de 1928, una comedia romántica previa a la invención de las comedias románticas titulada Lonesome (Solitarios, aunque en español se la conozca como Soledad), dirigida en Hollywood por el húngaro Paul Fejos e interpretada por Barbara Kent como Mary y Glenn Tryon como Jim. Mary y Jim se conocen en Coney Island en ese único tiempo de vacaciones que tenían los norteamericanos antes del crack económico en Wall Street de 1929, la víspera del 4 de julio por la tarde, ese día cuya llegada todos ansiaban en Nueva York para escaparse de la vorágine de la gran ciudad e ir a la playa. Es un día hermoso de sol, el día perfecto para deslumbrarse con alguien (ella una telefonista, él un tornero matricero) ahí mismo frente a uno, alguien con quien ansiamos sea nuestra alma gemela, y con quien podamos sumergirnos en el mar de la vida antes de que nos despierte el reloj a la mañana siguiente para ir al trabajo, como todos los días.

Es el día perfecto para, después de las seis, cuando cierran los baños públicos, ir a un parque de diversiones y subirnos juntos a la Vuelta al Mundo, y quedarnos solos bajo la luz de la luna para decirnos mutuamente que nuestra vida nunca será la misma desde el momento en que nos vimos por primera vez (¡y el propio Jim le dice a Mary, con sus propias palabras que irrumpen en una película silente, vaya, es curioso cómo se puede ser un chico solitario especialmente con un millón de personas alrededor!). Y es la noche perfecta para que una tormenta con características de diluvio universal los separe a Mary y a Jim (y a nosotros de ellos, por qué la vida puede ser tan perra), la noche ideal para que las esperanzas se pierdan para siempre, y para que una canción, la misma que hicieron propia Mary y Jim en esas escasas horas en las que se dibuja la vida entera, esa melodía que irrumpe en el silencio del cine mudo para precipitarnos en el sonoro y que a lo mejor, inesperadamente, alguien escuche pared de por medio, alguien que no puede ser otra persona que el amor de nuestra vida y que transforme ver una película, Lonesome por ejemplo, en una experiencia vital para el futuro.

El cine que nunca vimos siempre es nuevo. El pasado en el cine siempre es presente. Los problemas sociales se exponen de manera clara y generalmente obtienen una resolución justa en el cine. La ciencia siempre es fortuita y la fantasía siempre es algo que nos puede suceder cuando en el cine vemos una película. La sala oscura del cine nos obliga a prestar la máxima atención a la historia que nos ofrecen las películas, y a lo mejor por eso el cine, durante el siglo pasado, fuera la herramienta más certera -y peligrosa- para la comprensión de ciertos temas a través de la cultura popular. Por eso en Focal no nos interesa solamente hablar del cine por sus géneros, o por su estética, o por su reverbero de maestría. Lo que nos interesa del mismo modo que todo eso es el impacto que la experiencia de ver una película nos provoca en la vida diaria. Por eso queremos hacer foco en lo mejor que nos puede dar una película: esa luz de entendimiento común que nos permita comprender nuestro pasado, nuestro presente y, por qué no, también nuestro porvenir.

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Número 1 / mapa de lectura

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