Un instante
que no se
agenda
(Le rayon vert). Francia, 1986 · 1h 38min
Dirección Éric Rohmer
por María Leguizamón
Viajar genera espacio en mi mente y desplaza preocupaciones. Empuja y moviliza, descarta, disloca mi rutina y la suplanta por nuevas ventanas, nuevos puentes, árboles, flores, otra gente, otras lenguas. Es decir que hace lugar en mí y durante estos movimientos de auto-dislocación y desplazamiento me convierto en una persona con más deseos de leer y escribir.
Las vacaciones en esta historia funcionan como el escenario conceptual propicio para emprender una búsqueda. Delphine, la heroína, llora, y esa sensación de falta caracteriza al personaje, y a modo de leitmotiv se repite con ciertas variaciones. Esta repetición va construyendo las emociones del personaje principal. Delphine en sus cortos viajes de heroína sale en busca de: un amor, un compañero, alguien con quien poder irse de vacaciones, no estar sola.
El rayo verde, de Eric Rohmer, film estrenado en 1986, transcurre durante un verano en el que Delphine, la protagonista, pasa su tiempo intentando irse y volver de París anhelando una vacación ideal. Intenta irse pero, siempre vuelve al núcleo. Hace planes de vacaciones cortas que se deshacen al cabo de un par de días en los que se siente carente y retorna a su centro, a su casa, a París. Los escenarios son diurnos, soleados y en todas las secuencias del film predomina la luz de día: planos que se rodaron en exteriores o con luz.

Delphine anhela y añora algo profundo, no solo una persona que la acompañe sino algo semejante a un principio de existencia.
Delphine (Marie Riviere) es una joven secretaria parisina que se encuentra algo triste y frustrada luego de que le cancelen un viaje de verano. Esto contrasta desde el comienzo con planes de amigas que en apariencia aportan una sensación de vida más resuelta en relación a dos temas que desarrolla el conflicto central de la película: vacaciones y soledad. Al comenzar el relato recibe una llamada de cancelación de viaje. Vive este hecho como una pérdida, y así se desencadena una constante sensación de falta, que una y otra vez se reelabora, a lo largo de todas las escenas que estructuran el film. Rohmer construye en ella una ausencia de algo que no termina de saberse. Delphine anhela y añora algo profundo, no solo una persona que la acompañe sino algo semejante a un principio de existencia.
Antes dije heroína, pero lo más justo sería entender a Delphine como una anti-heroína que emprende, al modo francés de Rohmer, pequeños viajes. En ellos se desarrolla una forma perspicaz de presentarnos lo no dicho: algo que no se sabe, que ella no termina de saber, que nosotros espectadores tampoco podemos entender. Y el no saber no es omisión sino algo intrínseco al ser humano, se entrelaza también con el azar, que de distintas maneras es un elemento fuerte de la historia. Una carta de Tarot aparece reiteradas veces en sitios insólitos y sin explicación, una extranjera en la playa con quien hablar y pasar un rato, y el propio amor es fruto del azar. Y esto es buenísimo! porque se contrapone mucho al hoy.

La película de 1986 se diferencia de una tendencia ya clásica en el presente, plagada de intentos de amor planificados durante la búsqueda de pareja en las apps de citas, en las que la incertidumbre inevitable intrínseca al azar parecería poder resolverse bajo la trampa de la elección sobre el “desconocido/a”. En esta modalidad instalada en el hoy de las redes, se accede a una idea fantasiosa de control al elegir un otro/a, frente al falso hecho de conocer un conglomerado de características: altura, talla, ideología, religión, cantidad o falta de hijos, hobbies, mascotas o no, ocupación, etcétera. Eso aún está lejos de ser un humano. El azar parecería haber sido domesticado pero es una trampa. El azar no puede domesticarse. Quizás creemos que pudimos contra lo que nos depara, pero aún estamos lejos de aceptar y soportar la rotunda humanidad que nos caracteriza, aunque la decoremos.
Las emociones de Delphine también son difíciles, es pesado verla sufrir. No es fácil identificarse con ella. Rohmer construye su personaje con extrema delicadeza, envuelta en un entorno liviano y secuencial, etéreo, al borde del mar francés, en París en verano, en lengua francesa, y sobre todo en su propio estilo: en una sucesión de apariencias y puestas simples, se desarrolla un conflicto complejo: el ser humano frente a su soledad.
La narración se estructura a partir de secuencias en las que la protagonista busca la vacación ideal, no la encuentra y entonces retorna a París. París en verano es el nodo desde el cual retoma su deseo, su sueño y también su imposibilidad de estar conforme. Pero quién no ha sentido alguna vez cierta soledad en las vacaciones, cierta angustia por no saber qué hacer con el tiempo libre o con la ausencia de responsabilidades que a menudo estructuran los quehaceres de la vida de todos los días. Y esta angustia aquí en el film moviliza durante el tiempo libre de las vacaciones una serie de pseudo entrevistas que la protagonista establece en los diálogos con el resto de los personajes. Así vemos otros modos de vivir y pensar el ocio, de pasar el tiempo, en el campo o en la playa, con las amigas, el trabajo, o la familia de las amigas en la campiña francesa, y también la extranjería.
Pero quién no ha sentido alguna vez cierta soledad en las vacaciones, cierta angustia por no saber qué hacer con el tiempo libre o con la ausencia de responsabilidades que a menudo estructuran los quehaceres de la vida de todos los días.

El rayo verde, por otra parte, es una posibilidad física y cromática, que genera el sol en el horizonte durante el instante en que acaba de esconderse. Puede apreciarse en verano, en condiciones de una atmósfera clara, sin elementos urbanos que cubren de manchas grises el horizonte, el poniente.
Finalmente el rayo verde, el amor y el enamorado son posibles. Las vacaciones de Delphine se sustentan en un trabajo personal, de búsqueda y encuentro con su sufrimiento y su forma de estar sola y finalmente con su deseo. La anti-heroína completa su viaje del héroe y tal vez, crece.
Delphine siente paz solo en el final del film, y el espectador también la siente.
Tal vez podemos proyectar en esta película nuestra propia hora de salir a buscar sin pausa lo que corresponda a nuestra fiesta interior, haya o no vacaciones, ocio o asueto.

María Leguizamón, mayo, 2026, sin vacaciones.
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- El rayo verde (Le rayon vert)
- Dirección
- Éric Rohmer
- Año
- 1986