GRANDES
ILUSIONES
(Les vacances de M. Hulot). Francia, 1953
Dirección Jacques Tati
por Carlos Diviesti
¿Qué es lo que hace inolvidables nuestras vacaciones? ¿Un paisaje diferente, un tiempo que corre distinto, una sensación de libertad, o acomodar nuestras propias costumbres a un ambiente inusitado?
Claro, pareciera que la cuarta opción es la que más chirría porque es la que transforma en cuadrado un triángulo perfecto, pero pongámonos a pensar en sentido realista: con una mano en el corazón, ¿a quién de nosotros se le dieron vacaciones completas en triángulos equiláteros? Quizás, siendo ecuánimes, debamos aceptar que en el mejor de los casos vivimos vacaciones en triángulos escalenos, porque es tan difícil que los ángulos vacacionales nos den noventa grados… A fuer de sinceros, tal vez debiéramos decir que nuestras vacaciones son romboides cuya forma definitiva, con los años, a lo mejor pueda contener algún tipo de triángulo que nos satisfaga o que nos regale alguna suerte de morriña.
Pero tendríamos que pensar también que las vacaciones, tal como las conocemos, no son un derecho adquirido hace tanto tiempo atrás. Hace menos de un siglo que la gente se toma vacaciones de sus respectivas tareas una vez al año, guerras mundiales mediante en el hemisferio norte, sanción del sueldo anual complementario -a percibir en dos mitades- por estos pagos de acá. Todavía es bastante lógico para nuestra idiosincrasia asociar las vacaciones al turismo sindical -a los lobos marinos o al burrito serrano, depende de lo que les diera el bolsillo a papá o a mamá-, y es bastante lógico entonces que nuestros recuerdos infantiles incluyan roperos apolillados, colchas endurecidas por el apresto, rulitos de manteca, medallones de mermelada o terrones de azúcar en sus respectivos recipientes de aluminio. ¿Qué recordamos entonces de las vacaciones -sobre todo de las estivales-, el llegar de la playa al hotel aún hechos milanesa o el descubrimiento del horizonte cuando cae la tarde? ¿O el sabor de un plato de ñoquis con pesto? ¿O las luces de neón de un cine que hasta alumbran el mar? ¿O la vuelta en un vagón de tren atestado y fastidioso?

Tomemos como ejemplo las vacaciones del señor Hulot, que llega a aquella pequeña playa de la Bretaña francesa con su Amilcar biplaza destartalado con una lona a guisa de capota y su red para cazar mariposas o para pescar pescaditos. Muchos otros han llegado también por un ferrocarril atestado de bártulos donde cargan sus costumbres citadinas -inclusive aquella de equivocarse de andén y correr en masa hacia el tren que estaciona en el andén opuesto-, y muchos más en ómnibus, todos vestidos con sus mejores galas como si aquel viaje a la playa representara para ellos un auténtico cambio en su estatus de vida. Entre tantos otros podemos distinguir a una muchacha con raqueta y sueños de bañista, que se alojará en una habitación de la posada con vista al mar; a ese matrimonio que camina a paso lento (él con bastón de paseo, ella con sombrilla que la repara del sol) y que respeta el horario de cada actividad aunque quieran hacer otra cosa, quién sabe qué cosa querrán hacer; a ese fotógrafo que ve interrumpida sus mejores tomas porque tiene que atender un llamado de Berlín que le comunicará el estado bursátil de la jornada; o esos mozos malhumorados en el restaurante del hotel, a quienes les preocupa un tratamiento cinco estrellas tan difícil de conformar a propios y ajenos en un viejo hotel de madera.
¿A qué se va de vacaciones entonces el señor Hulot? ¿A jugar al tenis, a nadar, a montar a caballo, a compartir un helado con los chicos del alrededor? ¿O a que el mar le devuelva el bote de pintura justo a tiempo para embeber el pincel, así le queda bien pintada la piragua para salir a navegar, o para que la piragua se convierta en un tiburón cuando se pliegue y siembre el terror entre los bañistas? Quizás las vacaciones del señor Hulot no sean tan distintas a las del resto de los viajeros, pero lo que las diferencia de las demás es que al señor Hulot pareciera no importarle cómo sean. El señor Hulot pareciera tener lo que a los demás les falta: curiosidad y tiempo.

Las vacaciones resultan el vehículo perfecto para retratar un estado de situación social de los franceses más allá de la alegría que significó la estabilidad alcanzada en la posguerra.

Para la época del estreno de Las vacaciones del señor Hulot, durante la sexta edición del Festival de Cannes en 1953 (cuya Palma de Oro es adjudicada a El salario del miedo, de Henri Georges Cluzot), Francia consolida su crecimiento económico tras la Segunda Guerra Mundial, mientras se avecina la independencia en Indochina del extinto Imperio Francés (que finalmente se conformará en tres naciones: Vietnam, Laos y Camboya), recrudecen los conflictos con Argelia (seis argelinos y un francés muertos por la represión de la policía francesa a una marcha organizada por el Partido Comunista Francés y la Confederación General del Trabajo, durante los festejos del 14 de julio), y se acrecientan los conflictos sociales por la reforma laboral del primer ministro Joseph Laniel (que movilizaron a más de cuatro millones de asalariados por las calles de París).
Sin embargo, como en el resto de aquella Europa que recibió los beneficios del Plan Marshall entre 1947 y 1952, Francia respiró económicamente y pudo brindarle a su población una respuesta para satisfacer el acceso a la felicidad a través del consumo. En sus tres primeras películas Jacques Tati reformula la comedia clásica, aquella del mudo y de los primeros años del sonoro, y le agrega puntazos críticos que deconstruyen la bonhomía y proyectan sus obras hacia el futuro. Si el carnaval del pueblo le sirve a Tati para analizar la injerencia norteamericana puertas adentro de Francia (en Día de fiesta -1949- un cartero ve alterada su rutina gracias a la supuesta eficiencia y a la penetración del servicio postal de los Estados Unidos), y la modernización industrial para señalar la vacuidad del consumo indiscriminado (en el jardín geométrico de la familia Arpel de Mi tío -1958- se observan la rigidez del sistema, el mecanicismo de las formas y el mal gusto estético propios del dispendio), las vacaciones resultan el vehículo perfecto para retratar un estado de situación social de los franceses más allá de la alegría que significó la estabilidad alcanzada en la posguerra.
Aunque el señor Hulot parezca excéntrico y sea torpe y desmañado, nadie puede achacarle mala voluntad alguna a su accionar. No importa que su vehículo no sea el adecuado para transportar a más que dos personas, no importa que más que una ofrenda floral para el entierro lleve una cubierta de auto tachonada de hojas, no importa que sus habilidades para el tenis o para el baile sean nulas y se transforme en el foco de las burlas (o por qué no de la admiración) del resto de los veraneantes: lo que importa es que el señor Hulot, con ese andar de pasos esponjosos y ese porte oblicuamente longilíneo, es capaz de meterse en el medio de la anomia sin mostrarse negligente. En toda aquella playa de Bretaña nada más que una turista inglesa se muestra deslumbrada con Hulot, una turista inglesa que tal vez la haya pasado tan mal como él durante la guerra.

Pero Hulot no tiene ojos para ella, y eso también es todo un síntoma. Un síntoma de que para el cine francés ya se había pasado la época del impresionismo o del realismo poético, y de que ya era hora de convertir las imágenes virtuosas en imágenes cercanas antes de que la nueva ola acariciase la playa. Jacques Tati, desde su payaso, recupera no solo las proezas físicas de Charles Chaplin o de Buster Keaton, sino también recupera al malogrado Max Linder, quien tras su suicidio en 1925 fue sepultado en la necrópolis del olvido y las generaciones posteriores no recordaban su porte de gracioso bon vivant atribulado que tenía la vida entera en los ojos. Tati supo conjugar físico, intención e intelectualidad, y logró trascender al tiempo no como recuerdo sino como una sólida estructura artística que aún hoy sorprende por su consciente sencillez. Porque el señor Hulot, sin dudas, se parece a cualquiera de nosotros.
…porque el señor Hulot,
sin dudas, se parece
a cualquiera de nosotros.
Es muy probable que al público actual el humor de Las vacaciones del señor Hulot no le genere más que sonrisas, pero esto no significa que sean sonrisas indiferentes. Por más que la imagen de Hulot y de los turistas de Bretaña (seguro que al final nos preguntaremos adónde irán a parar cuando vuelvan a casa) esté anclada a un pasado ya muy lejano, ese presente de la película se parece mucho a nuestros recuerdos de la infancia, al de aquellas vacaciones en otra geografía en las que aprendimos a observar el mundo que nos rodeaba y que por eso, a lo mejor, es el diseño más preciso del mapa que delimita nuestra nostalgia. Una nostalgia que incluye mar y cielo, montañas y estrellas, felicidad y tristeza, y la permanente ilusión de la esperanza.
Ver tráiler ↗- Película
- Las vacaciones del señor Hulot (Les vacances de M. Hulot)
- Dirección
- Jacques Tati
- Año
- 1953