DIMENTICARE
DI TE
Italia, 1962
Dirección Dino Risi
por Carlos Diviesti
El punto más alto de las vacaciones italianas es el 15 de agosto, desde los tiempos en los que el emperador Augusto impuso esa fecha para celebrar las fiestas por la buena cosecha. Después se la asoció a la Asunción de la Virgen María y más tarde a un día de jolgorio compartido, y a los viajes a la playa en familia o con amigos, y a las comilonas de toda laya y para toda estirpe, y al derroche de hedonismo pagano que al menos la gente arrastra una vez al año (en este hemisferio podríamos asociarlo a los días de carnaval, pero il ferragosto è un’altra cosa). Y es otra cosa si tomamos en cuenta que en 1962 Italia parecía haber dejado atrás las consecuencias políticas del fascismo y la tristeza cargada de hambre de la Segunda Guerra Mundial: un símbolo del milagro es el Lancia Aurelia que pilotea displicentemente el casi cuarentón Bruno Cortona por las desiertas calles romanas, esa mañana de ferragosto en la que pareciera que todo el mundo se ha escapado de su vida. Sin embargo ahí está Roberto Mariani, un muchacho que estudia para el examen de Derecho Romano que debe rendir en septiembre aunque tenga la cabeza en otra cosa (en Valeria Nisi, en visitar la casa de los tíos que viven cerca de Grosseto -especialmente a la tía Lidia-, en tener una vida diferente…), tan en otra cosa que es el único que se asoma a la ventana cuando Bruno está a punto de darse por vencido en la búsqueda de un teléfono para llamarla a Marcella.

Un símbolo del milagro es el Lancia Aurelia que pilotea displicentemente el casi cuarentón Bruno Cortona por las desiertas calles romanas, esa mañana de ferragosto en la que pareciera que todo el mundo se ha escapado de su vida.
¿Así es como se encadena el curso del destino? ¿O al destino lo determinan otros factores como que la tasa anual de crecimiento se mantuviera constante desde 1958 en alrededor del siete por ciento anual? ¿O que el Partido Socialista Democrático Italiano creara un estado de bienestar y de protección social en toda la península? ¿O que culturalmente Italia abandonara el atavismo agrícola para asomarse a ese mundo que baila el twist con la misma cara en la misma playa, sobre yates parecidos y compartiendo una idéntica copa de champagne? ¿Todo ese alocado nuevo orden, que impone el ocio a la responsabilidad, es lo que considera Roberto como la vida que hay que vivir? ¿No era que la vida por vivir es aquella que se abandona a los días cerca de Grosseto, en la vieja casa de piedra sobre la colina desde donde se ve el monte Fumaiolo a través de todas las ventanas, y que solo parece más grande en el recuerdo? ¿La otra vida es hacer la vista gorda cuando en la ruta hay un accidente con muertos incluidos, o cuando a una mujer le roban la valija (sí, a esa misma mujer que andaba atropellando a los pasajeros con tal de quedarse con el primer lugar en la fila para el ómnibus) y uno vio quién se la llevaba y mejor no involucrarse porque uno no va a pasarse todo el ferragosto declarando en la comisaría? ¿No es acaso insoportable vivir sin horizonte o rumbo fijo, como si no existiera el mañana y que eso se confunda con libertad?

Il sorpasso (algo así como “el sobrepaso” de un coche respecto de otro, aunque también podría asociarse el término a “escapada”, a salirse de los carriles habituales) cuenta entonces la historia de un hombre que sale a la vida y de otro a quien el inconformismo empezó a fagocitarlo. Y es el relato -magistralmente informe- del punto de quiebre en el que un país que aún pugna por cohesionarse está por modificar (o por perder) su naturaleza original. En Il sorpasso Dino Risi investiga, a través de dos escenas memorables, la esencia del ser peninsular y citadino que tanto se emparentó -en los tiempos de su estreno- con esa suerte de ser argentino dominado por la impronta porteña. En una de ellas Bruno y Roberto levantan con el Lancia Aurelia biplaza a un contadino que carga una canasta con huevos frescos por la autovía.
Bruno pide que se siente entre medio de los dos, así que el humo del toscanito que fuma el contadino va de lleno a la cara de Roberto, quien pide parar unos cuantos metros más allá para vomitar porque no puede aguantarse el olor del toscano; Bruno aprovecha esta pausa para comerse un huevo crudo que le roba al contadino de la canasta. La otra escena los encuentra a Bruno y a Roberto llegando a la casona de los tíos de Roberto en Grosetto, siendo Occhiofino, el casero, quien les da la bienvenida. Occhiofino es un hombre de modales refinados y de trato casi empalagoso, por lo que Bruno, cuando Occhiofino se dirige al interior de la casa para llamar a los patrones, se mata de la risa y le pregunta a Roberto si Occhiofino es homosexual, cosa que Roberto niega casi escandalizado.

Il sorpasso no solo es uno de los ejemplos más importantes de la commedia all’italiana sino que es uno de los testigos privilegiados de su tiempo.

Lo que sigue es una suerte de juego de palabras en el que queda claro que Occhiofino es el término bifronte de Finocchio, o sea, maricón, así que queda claro que en los tiempos modernos las costumbres se relajaron al punto de naturalizar las abominaciones. En un radiante blanco y negro (que rescatan las versiones hoy remasterizadas), Il sorpasso no solo es uno de los ejemplos más importantes de la commedia all’italiana sino que es uno de los testigos privilegiados de su tiempo, en el que las imágenes de Vittorio Gassman como Bruno y de Jean-Louis Trintignant como Roberto hoy deben ser vistas como arquetipos de la segunda mitad del siglo XX, siglo que homologó la festividad en obligación de festejo y el verano a la holganza, pero que tal vez no pudo equipararlo al sosiego o al libre albedrío de vivir otra vida sin estrellarse a la vuelta de la esquina.
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- Il sorpasso
- Dirección
- Dino Risi
- Año
- 1962